Tengo la impresión, de que últimamente proliferan, como las pulgas en verano, los restaurantes mexicanos. Y que en todos ellos escucharé el mantra "somos auténtica comida mexicana, nada de tex mex".
Como muchas europeas, no he tenido, aún, la oportunidad de conocer México, y es por ello que no sé cual es la auténtica cocina de ese país, y si lo que comemos en Europa, es fiel copia de lo que podríamos comer allí.
Taquerías y cantinas que deberían trasladarnos al país de Kahlo, Zapata y Vargas, pero que nos dejan un mal sabor de boca, insulso y sin gracia.
Al "somos auténtica comida mexicana, nada de tex mex", añaden indefectiblemente la coletilla "con el picante adaptado al gusto de aquí".
¿Y cuál es el gusto "de aquí" en lo relativo al picante? ¿Es un gusto generalizado, o adivinan nuestra dispar tolerancia al picante por nuestro color de ojos o por el diámetro de nuestras fosas nasales?
Un sin sentido de tacos sosos, con pollo, filete, cerdo o camarones. Género congelado que da como resultado una comida seca, monótona y aburrida.
Un picante aséptico, del que se reiría un afectado de hemorroides.
Guacamole triste y anodino como un kiwi, los txilaquiles carentes de todo el ardiente morbo de los chiles.
Inexistente chile con carne y pueriles sincronizadas.
Margaritas aguadas, con tequilas de dudosa calidad.
Algunos de estos locales incluso anuncian a un chef reconocido (probablemente en su casa), y que parece ser experto en esa auténtica cocina mexicana que adapta el picante a nuestros débiles paladares.
Hay quien cuando cruza el umbral de estos templos del mariachi, se siente trasladado al paraíso guadalupeño y alimenta la máquina teletransportadora con enchiladas recatadas y tímidas cochinitas.
Y si hablamos de precios, sorprende que lo que debe encarecer el producto final sean los aranceles aduaneros, porque el pollo, las verduras, la harina, la ternera y el cerdo, deben ser auténticamente mexicanos y lo único que no se importa son los chiles, por aquello del paladar frágil.
A día de hoy, no conozco en Barcelona, a ningún mexicano que me haya satisfecho, gastronómicamente hablando.
Y no me apetece seguir decepcionándome.


